Roberto Wolfenson (71) fue hallado ahorcado en un cuarto de su casa del barrio La Delfina, aunque en la vivienda no hay rastros de lucha ni de la paliza. El día del crimen sólo ingresó el profesor de piano. Los vigiladores y vecinos bajo la lupa
Roberto Eduardo Wolfenson (71) el viernes pasado lo encontraron muerto en una de las habitaciones de su casa del barrio La Delfina, del partido de Pilar. Según la autopsia, el crimen fue entre las 13 y las 17. Pero el informe de los forenses, además de constatar que fuegolpeado en la nuca y ahorcado, arrojó que al ingeniero le dieron una paliza brutal antes de asesinarlo. Lo que no saben los investigadores es dónde ocurrió ese tremendo ataque: no hay rastros en la propiedad. Tampoco hay sospechosos: no hay registros de que recibiera visitas. El misterio en torno al homicidio del barrio privado, crece.
cuerpo tenía un tajo en la frente de 3 ó 4 centímetros,otro en un pómulo, un corte en la parte interna de la boca, en el cachete izquierdo; hematomas en el pecho, una lesión en el dedo pulgar, las yemas con lesiones compatibles con su intento para que no lo ahorquen, y una marca en el meñique, como también de contusiones en las manos. “Sospechamos que tenía el tabique nasal roto”, deslizaron. Fue bestial cómo lo agredieron.
Sin embargo, las mismas fuentes consultadas confirmaron que “no hay rastros en la propiedad de semejante ataque, ni en el cuarto donde estaba el cuerpo ni en ningún rincón de la vivienda”. Todo estaba en perfecto orden y nada había sido limpiado. El móvil del crimen también sigue siendo un misterio.
Lo cierto es que, con el antecedente del caso de la socióloga asesinada en 2002, se pidió el registro de visitas de ese viernes fatal. Del estudio de las 100 hojas de quienes ingresaron ese día a La Delfina, sólo una correspondía a la casa del ingeniero: era la del profesor de piano, quien terminaría hallando el cuerpo cuando ingresó a la casa con la gente de seguridad y un vecino.
El resto es una incógnita. La esposa de la víctima y la hijastra está comprobado por las antenas de los celulares que estaban en Villa Devoto. El hijo del ingeniero daba señales en el barrio de Palermo, pero no puede ingresar a La Delfina sin pedir permiso y anunciarse en la puerta de entrada. Tenía pensado ver a su padre el sábado pasado, aclararon.
La coartada de la mucama, que 24 horas antes del crimen había recibido la orden de su patrón de limpiar toda la casa porque iba a recibir visitas, fue corroborada por los investigadores. Hicieron con ella el trayecto de regreso a su casa tomando el tiempo y también checaron la antena de su celular, ya que llama a su esposo cuando llega a la estación para que la vaya a buscar. No hubo grietas en su relato.
Lo mismo sucedió con los albañiles que habían trabajado en el lugar. “A todos, absolutamente a todos, incluso se los revisó para ver si tenían lesiones en sus cuerpos o golpes en las manos. Nada”, se sinceran los investigadores que apuestan al análisis que se hará en Junín al pelo negro y largo hallado debajo de la cama del cuarto donde encontraron asesinado al ingeniero y de los restos que retiraron de las uñas: buscan el ADN del presunto asesino.
También a las sábanas que fueron halladas en el lavarropas.
La vida de Roberto
Roberto estuvo la semana pasada unos días solo en su casa, ya que su esposa, con la que llevaba 18 años casado, se había ido de viaje con amigas y al regresar se fue a lo de su hija a Villa Devoto. Según las fuentes, marido y mujer incluso conversaron por teléfono sobre comprarles alfajores a los albañiles porque no le habían querido cobrar el último arreglo.
En tanto, según los registros de línea de la víctima, el viernes alrededor de las 14 fue la última vez que su teléfono tuvo actividad. No saben si fue él o el homicida: “Sólo se fueron con el celular”.
Sin embargo, desde el entorno familiar solicitaron que se analicen las cuentas bancarias para poder establecer si allí hubo algún movimiento de dinero, ya que es por el momento lo único que no pudo ser revisado.

